Creo que en la actualidad, la mayoría de las personas estamos conscientes del uso incontrolado de combustibles fósiles, esto ha provocado a nivel mundial una crisis energética. Esta crisis ha despertado el interés de generar fuentes de energía renovables, teniendo un impacto mínimo en el ambiente (Núñez, 2008).

Las energías renovables como suministro energético representan una alternativa que ofrece distintos beneficios como lo es la seguridad energética, beneficios ambientales, y en el ámbito económico, mayores empleos y opciones de nuevas tecnologías y negocios (Huacuz, 2000).

Es debido a lo anterior que se han hecho esfuerzos por desarrollar bioenergía. La FAO (Food and Agriculture Organization) define el término bioenergía como toda aquella energía derivada de materia de origen biológico (FAO, 2011).

México, como miembro de la FAO, desde su fundación en 1945, ha colaborado en distintos proyectos para el desarrollo de bioenergía, lo que lo ha llevado a otorgar apoyo a aquellas instituciones que realizan investigación y promueven el avance de nuevas tecnologías con el uso de materia de origen biológico.

México cuenta con un alto potencial para aprovechar los recursos naturales como fuente renovable de energía, pero este tipo de generación energética aún no es viable (Muñoz, 2006).

Pero a pesar de que todo se escucha muy lindo, los beneficios económicos y sociales que este tipo de energía proveniente de fuentes de biomasa pueden ser contrastados con sus perjuicios; el desarrollo de esta tecnología puede ser contradictorio a sus fuentes, por ejemplo, el caso del bioetanol que para su producción es necesario contar con áreas de cultivo extensas, y poder cubrir con las altas demandas de materia prima que requiere, compitiendo a su vez con la demanda de la alimentación.

Una de las alternativas más prometedoras, pero que aún están en desarrollo, es el uso de microorganismos capaces de generar energía renovable y carbono neutrales, todo esto sin daño al ambiente (Falcón, 2009). Una de las formas de utilizar a los microorganismos para producir energía eléctrica a partir de la degradación de materia orgánica es el uso de celdas de combustible microbiano (CCM); en 1931, B. Cohen en la Universidad de Baltimore, construyó  las primeras CCM (Godínez, 2008), la cual consta de un dispositivo compuesto por dos cámaras: ánodo y cátodo (electrodos con capacidad de producir una reacción de oxidación y reducción, respectivamente), una membrana de intercambio de protones y sobretodo la materia prima: sustrato y microorganismos capaces de transmitir electrones (Carmona-Martínez, 2007). Los microorganismos que cuentan con esta característica son llamados electrígenos. El género de bacterias Geobacter tiene una gran capacidad de oxidación de metales, al ser un aceptor terminal de electrones en su proceso de respiración (Giometti 2006)

Las CCM pueden tener distintas aplicaciones en lugares alejados con ausencia de infraestructura eléctrica, así como su uso como un método de biorremediación al utilizar aguas residuales como sustrato (Falcón, 2009), pero aún se encuentran en etapa de investigación.

Hace algunos años e incluso hoy en día, se llevan a cabo estudios relacionados a la optimización de esta tecnología; estos estudios son realizados por distintos centros de investigación, por ejemplo: en el Instituto de Ecología en Oaxaca, se diseñaron dos CCM con variables distintas (tamaño, volumen de cámaras, etc.) para evaluar el uso de un consorcio de bacterias sulfato-reductoras en la generación de energía, donde se encontró que el potencial generado en ambos casos, estuvo dentro de los valores intermedios reportado por otros autores, concluyendo que el sistema es adecuado para el estudio y posterior optimización de diversas variables del proceso (Villareal et al., 2006).

Por otro lado, científicos de la UNAM estudian la bacteria Geobacter sulfureducens, que se alimenta de compuestos orgánicos y reduce metales, produciendo electricidad. Además, ofrece un gran potencial en la biorremediación de ambientes contaminados con metales pesados como Uranio, Vanadio y Cromo. Por ello, la especialista del Instituto de Biotecnología (IBt), Dra. Katy Juárez López, usó por primera vez en el país, la bioestimulación de Geobacter sulfureducens para recuperar la Ex Hacienda El Hospital, en el municipio de Cuautla, Morelos, un sitio contaminado por Cromo. Al mismo tiempo, analiza la regulación de la expresión genética de los filamentos que poseen, llamados pili, que tienen la importante función de conducir la electricidad (Boletin UNAM, 2008).

El papel que juega México en la búsqueda de fuentes de bioenergía puede llegar a ser importante si se apoya a la infraestructura necesaria para el desarrollo de nuevas tecnologías amigables con el ambiente.